Sunday, March 31, 2002

¿Habrá futuro?

Editorial

No sé si este es un editorial de despedida.
Sí hay algo claro: en las actuales circunstancias hacer Latido se vuelve una dolorosa tarea. Para quienes editamos la revista, se esfumó el tiempo del goce de los temas, de las notas, de las imágenes. Sólo nos dedicamos a analizar costos y a corroborar lo inevitable: hoy en la Argentina parece imposible mantener un medio cultural. Esto no significa que Latido deja de salir. Aún no lo sabemos. Daremos la pelea por continuar. Pero necesitamos comentarles que quizá no estemos con ustedes el mes que viene. A lo mejor, sí. A lo mejor, no. Sin seguridad, como casi todo lo que sucede ahora en el país.
Más allá de que el número de abril exista, queremos decirles –yo y todos los que trabajamos en la revista– el placer infinito que hemos sentido durante estos casi tres años: logramos crear un nuevo tono periodístico –el de lo íntimo, el de lo honesto– y lo hicimos crecer junto a cada lector. Esperamos que estas sensaciones se renueven a futuro. ¿Dentro de un mes en los kioscos? O dentro de dos, o cuatro. O cuando la realidad nos lo permita.
Más temprano que tarde volveremos a estar juntos. Brindemos por ese momento.

Saturday, March 30, 2002

Te quiero, te alejo, te peleo, te adoro. La vida de a dos

Por José María Brindisi Escritor, su último libro es “Berlín”
Hace tres noches que hago lo mismo. Descanso poco, y en algún momento del día empiezo a pagarlo, pero eso no es lo importante. No al menos por ahora. Es como si no pudiese hacer otra cosa, como si el relativo orden en que me muevo necesitara de este pequeño ritual para poder sobrevivir. Nada más simulo dormirme; espero, controlo los cambios en su respiración a la vez que intento que mi corazón no se acelere, dejo que me abrace, apoyo mi cabeza en la suya, y cuando estoy seguro de que entró en el sueño, cuando sé que no va a atraparme, entonces abro los ojos (no sé por qué me gusta pensar con los ojos abiertos). Miro hacia todos lados, ansioso, pero en realidad no estoy viendo nada: apenas trato de detener el tiempo. No le doy un beso, ni la acaricio, aunque no hay otra cosa que desee más en el mundo. No quiero que se despierte. No quiero, tampoco, que adivine lo que está sucediendo en mi cabeza; la manera en que estos años vuelven a atravesarme en todas las direcciones y cómo de alguna parte, sin que pueda ni quiera detenerlo, surge otra vez en mí algo maravillosamente ingenuo, algo como una intuición desmedida y poderosa, capaz de abrazar lo que está ocurriendo y multiplicarlo por millones.
Como siempre, Lucía tarda sólo unos minutos en darse vuelta. Tiene el sueño profundo, pero estamos conectados de tal modo que es posible que note mi ausencia y regrese a reclamarla. Corro ese riesgo. Espero un poco más, y cuando ya no puedo esperar me levanto, la observo desde arriba un momento y voy hasta la cocina a buscar algo de tomar. Hago el camino inverso, tan silencioso y liviano que casi desaparezco, y en lugar de acostarme la espío de nuevo, sólo unos segundos, y después ocupo el sillón que hay a los pies de la cama y me siento a disfrutarla como hice el primer día (sin saber que habría muchos primeros días). Y mientras mi cerveza se consume lentamente, mientras observo cómo duerme y pienso que quizá la estoy inventando, mi máquina del tiempo empieza a debilitarse; entonces una especie de angustia deliciosa se apodera de todo y no puedo evitar preguntarme, o preguntarle a quien sea, o escuchar cómo ella me susurra desde el sueño: ¿Estamos volviendo?La primera vez que Lucía y yo regresamos fue a los pocos meses de empezar a salir. No sé por qué nos habíamos peleado, aunque recuerdo que en esa época éramos demasiado celosos, o ansiosos, o ambas cosas, posiblemente por miedo a decepcionarnos (ambos veníamos de terminar una relación importante, y el pasado tenía su influencia).
No hablamos por unos días, hasta que una noche sonó el teléfono. Tuve el impulso de atenderlo, pese a que solía dejar el contestador, y por suerte era ella. Me preguntó si tenía ocupado el fin de semana. Le contesté que no, pero no pude evitar decirle que ella lo sabía perfectamente, que no habíamos pasado un año sin vernos, ese tipo de idioteces, hasta que advertí que estaba hablando solo. A los dos minutos volvió a llamar; sentí en su voz un ligero grado de ironía que me gustó, o por decirlo de otro modo me hizo sentir cerca, como si los dos supiésemos a qué estábamos jugando. Repitió la pregunta y esta vez fui más sabio: “No, para nada. Totalmente libre”. ¿Quería almorzar mañana con ella? “Claro.”
Al día siguiente pasó por casa, pero en lugar de ir a comer llamó unas cuadras antes y me pidió que preparara un bolso. Tocó bocina, y cuando salí no podía creerlo: se había puesto un pantalón pijama con tiradores y una camiseta de hombre que –eso sí lo sabía perfectamente– me enloquecía. (Adoro que haga eso: que me obligue a mirarla todo el tiempo sabiendo que por el momento no puedo tocarla, no al menos como querría. Su intuición supera largamente la mía, y sabe que cualquier acercamiento precisa anclarse en ese deseo primario, de una lujuria casi elemental: necesitábamos coger con urgencia, sentir y mostrarle al otro que éramos los mismos y que todo estaba intacto, hasta permitirnos la chiquilinada de creer que incluso éramos mejores, decirlo en voz alta, romper alguna marca privada.)
Pregunté adónde íbamos, pero no quiso decirme. Pidió que adivinara. Después de un largo rato, cuando quedaban pocas posibilidades, tuvo que nombrar las naranjas para que recién ahí pensara en Mónica y César, y cuando pude dejar de reírme, dar en el clavo.
En San Pedro comprendí que aprendíamos rápido. No había tiempo que perder. Quiero decir: no había tiempo para reclamar, ni seguir peleando, ni nada de eso. Tuvimos dos días increíbles y recién el domingo, después de hacer unas cuantas bromas al respecto, preparamos un mate y fuimos a charlar frente al río. Decidimos correr el eje, como si manejásemos las sutilezas de una trama, y bastaron unos pocos cruces para cerrar el asunto. Nos dimos cuenta de que poner algo en palabras, muchas veces, equivale a incendiarlo. Y yo supe que la vida y la literatura tenían demasiadas cosas en común, pero sobre todo una: lo más importante nunca debe ser nombrado.
Con algunos amigos solíamos decir, quizá porque éramos demasiado jóvenes, que el amor romántico es una ilusión y que en realidad nunca poseemos a nadie. Teníamos diecisiete o dieciocho años y pensar de ese modo nos ayudaba a definir nuestra personalidad y fortalecerla en más de un aspecto. Era una especie de obsesión común, o estribillo, y ninguno sospechaba que la idea había sido formulada muchos años atrás por Freud; aquello de que el objeto primordial del amor (la mujer) es inasible: está perdido desde el principio y sólo podemos rodearlo, de modo que es preciso volver al punto de partida y reinventar la relación amorosa a cada momento.
Es indudable, al menos en mi caso, que la manera en que he llevado adelante mi relación con las mujeres tiene su raíz en aquellas charlas interminables; no desde un punto de vista escéptico–en aquella época seguramente lo era–, sino en la necesidad cotidiana de revitalizar cada acto y darle un sentido. Aunque este, por supuesto, no pueda expresarse.
Ahora que lo pienso, rehacer el amor y hacerlo fue para Lucía y para mí, desde el principio, la misma cosa. Es posible que sea lo mejor y lo peor que tenemos. Supongo que podemos empezar a reírnos de eso. Deberíamos hacerlo, porque este es el momento. Me refiero a la intensidad con que siempre hemos vivido todo, a la vehemencia con que nos gustamos y disfrutamos siempre del cuerpo del otro, a esa escalada sublime y necesariamente absurda en la que tratamos de sorprendernos mutuamente casi sin descanso, sin darnos tiempo siquiera a sospechar que podríamos llegar a aburrirnos.
No puedo imaginarme la vida de otro modo, o no me interesa hacerlo. No hablo de “aprovechar el día”, ni de esa clase de pavadas. Hablo de tener la mejor relación del mundo todo el tiempo, de buscarla y exigirla y de ser conscientes de que no hay respiro. Que no puede haberlo. Sé que muchos dirían –de hecho algunos amigos no se privan de hacerlo– que es una relación algo enferma y también sé que la apuesta es demasiado grande, pero así lo prefiero. Así es como nos gusta. Si acaso estamos volviendo, si me animo a creer que puede suceder de nuevo, es porque todo eso tiene sentido. Porque, en todo caso, ese modo de vivir encierra un secreto del que cada uno posee, apenas, la mitad de los componentes, y lo mejor de todo es la sensación de que jamás podrían funcionar por separado.
En marzo o abril del 97 Horacio y yo caminábamos por Luis María Campos, rumbo a Palermo: en una suerte de competencia infame, tratábamos de superar al otro viendo quién era más desgraciado, a quién habían dejado de la peor manera, cuál de los dos demonios había sido más ingrato. Yo había terminado una relación de cinco años con Natalia –“la otra gran mujer” de mi vida– pero estaba entero, disfrutando de una época muy productiva y de una efervescencia con las mujeres que había olvidado o, para ser sincero, nunca había vivido (no en esa magnitud); él, en cambio, acababa de separarse de Mónica y estaba entrando en una depresión que amenazaba, a esa altura, con volverse algo serio.
De pronto dejamos de hablar. Mantuvimos el silencio durante varias cuadras, hasta que se me ocurrió mirarlo a los ojos: era evidente que luchaba por contener el llanto. Sin embargo, no sé de dónde sacó fuerzas y largó una carcajada, y dijo, moviendo la cabeza hacia ambos lados: “Basta de aprender”. Me pareció genial, y a él también, y la risa nos duró un largo rato. (No hay nada que aprender, desde ya. No sirve de nada acumular sufrimientos y experiencias si uno no luchó por lo que quería lo suficiente, si no lo tiene o no hizo el último intento por recuperarlo.)
Cuando llegamos a casa preparé un par de tragos y nos sentamos en los sillones. Puse, creo, un disco de Sinatra. Y sin darnos cuenta, empezamos a recordarnos a nosotros mismos –más que a relatarle al otro– un episodio, y otro, y lo maravillosas y únicas que eran esas dos mujeres que habíamos tenido la suerte de disfrutar. Ahora no las teníamos ni dejábamos de tenerlas. Era demasiado pronto para saberlo, pero no se trataba de eso. Estaban ahí, salvándonos la vida. El resto podía esperar.Pero es curioso cómo evoluciona todo. Un par de semanas más tarde, Horacio y Mónica habían vuelto inesperadamente. Todavía hoy me emociono, a veces, cuando los veo y pienso en que aquella noche, en más de un sentido, tuvo la culpa, que a partir de entonces él fue otro: un tipo cuya lucidez, en el peor momento, le había permitido dejar de sufrir, recobrar la simpleza de su relación y empezar a disfrutar de aquello que merecía. Se encontraron y se gustaban de sobra: no había mucho que decir. Se encerraron dos o tres días a festejar –envidié bastante a mi amigo antes de recordar que las novias de los amigos en realidad no existen– y todo se resolvió con una simpleza abrumadora. En cambio, para mí había sido muy distinto. Aunque Naty y yo nos encontramos muchas veces, era indudable que empezábamos a alejarnos, que nada era lo mismo. Tuve la certeza esa misma noche, cuando Horacio se fue, asustado porque ya amanecía: “Si puedo ver a Naty de esa manera”, pensé, “entonces hay algo que nunca va a volver”. O que se transformó en otra cosa.
Por suerte, la cabeza de mi amigo funciona de un modo muy diferente, y nadie puede saber el alivio y la felicidad que siento.
Todo es posible, decía Mario, y con el tiempo aprendí a creerle, a darme cuenta de que lo decía en serio y de que estaba dispuesto a llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Mario es uno de esos tipos que nacieron para el humor, y aunque en muchas ocasiones se convierte en algo involuntario, en otras se trata de un impulso feroz, una manera de quitarle importancia a todo, pero muy en particular a sí mismo. Nada puede compararse con lo que le pasó con Laura hace unos años. Llevaban varias semanas peleados hasta que un día, por fin, arreglaron para cenar juntos. Mario es fanático de San Lorenzo y la emoción lo había llevado, por una vez, a olvidarse de que el otro gran amor de su vida jugaba esa noche, casualmente, un partido importante. Se armó de valor, la llamó –con otra excusa, desde ya– y cambiaron de fecha. Pero unas horas después me llama desesperado: “¡No pasa que suspenden el partido para el mismo día!”, dice. Yo tampoco puedo creerlo, ni sé qué decirle. Un par de días más tarde le pregunto qué pasó y él me cuenta que había decidido pedirle consejo a su padre, lo que hubiese sonado razonable tratándose de otra persona; el padre de Mario es matarife de oficio y de alma, pero ante todo es un tipo de principios firmes. “Las minas van y vienen, Marito. San Lorenzo, en cambio, está siempre”, sentenció, y para Mario fue suficiente. Lo mejor de todo es que ya no sintió la necesidad de pensar en algo y le dijo a Laura la verdad, utilizando las mismas palabras que había escuchado, y conociéndolo un poco quizá se haya encargado de subrayarlas.
Remontar semejante disparate le costó varios meses de trabajo. Cuando ya ni siquiera hablábamos del tema, de pronto logró romper el cerco y me llamó para decirme: “Ya está, loco”, y supongo que quiso contarme pero ya no lo escuchaba, quizá porque no quería admitir que una vez más tenía razón. Como fuera, y aunque estaba feliz por él, en mi cabeza gritaba un cartel luminoso con las palabras “¿Qué?, ¿eh?, ¿cómo?”. ¿Cómo se puede perdonar algo así? Todo es posible, entonces.
Me pregunto cuántas veces la miré como ahora y pensé: “Una mujer debe saber dormir”. Ella sabe hacerlo, y me pregunto cuántas veces me acerqué sigilosamente para no despertarla, cuántas veces acaricié su espalda con la yema de los dedos y después la besé como un fantasma.
Cuántas se despertó y me siguió el juego, cuántas permitió que le bajara la bombacha unos centímetros para después entrar con suavidad y empezar a moverme como le gusta. Cuántas se hamacó también ella, imperceptible, y luego me dejó llegar hasta sus pezones, y endurecerlos, y hacer presión hasta que irrumpieran los primeros gestos de dolor, más bien hasta que lo intuyera.Y después: seguir hasta que no pueda contener los suspiros, hasta que se conviertan en gemidos, hasta que no pueda parar de hablarle al oído y ella, ya en voz alta, me pida demasiadas cosas al mismo tiempo.
Me pregunto cuántas veces la miré como ahora y me contuve; cuántas veces tuve una razón para hacerlo. Cuántas veces me porté como un chico y, como ahora, levanté un poco la sábana y la espié, y me di cuenta de las infinitas posibilidades que guardaba en mi pequeñísima porción del mundo.
Cuántas veces, digo, como ahora, pude ver todo tan claro y tan simple, y como ahora me animé a disfrutarlo sin pensar en nada.
Difícil seguir a Lacan en aquello de que no existen las “relaciones sexuales”. Es decir, que no hay “relación” porque no existe el encuentro pleno. Mi problema con eso es que, relación o no, el sexo es quizá la actividad solidaria por excelencia: imposible disfrutarlo realmente si uno no está dispuesto a disolver una parte de sí mismo y perderse en el otro.
Julia es una buena amiga a la que le cabe un solo reproche: piensa demasiado. Todo el tiempo está preguntándose por qué hace algo, o para qué, o hacia dónde va, ese tipo de cosas. Vive en Londres con Lisa, su compañera desde hace una década, y hacen una pareja increíble, fácil de envidiar. Cada vez que viene discutimos de cualquier cosa hasta cualquier hora, y es algo que me fascina: comenzar una pelea a partir de alguna de esas máximas que tanto le gusta tirar al vacío, algo como “la única medida del amor del otro es el sufrimiento”, o bien “uno se equivoca todos los días: hay que apostar entonces por la forma personal que cada uno tiene de equivocarse”. Ella dice su frase y empieza el bombardeo de uno y otro lado, hasta que nos cansamos, abrimos una botella de vino tinto y decidimos dedicarle un rato a la melancolía, que ambos adoramos y que jamás confundimos con la nostalgia.
Pero repito: piensa demasiado. La última vez vino sola, y es probable que viajar haya sido una mala decisión. Estaba en uno de esos momentos en los que todo pierde sentido y apenas llegó empezó a decirme que no extrañaba a Lisa, que no sabía si en verdad la había elegido. Yo sabía que se precisaba más que eso para quebrarla, pero escuchar a Julia era doloroso y su sordidez empezaba a inquietarme. No es una cuestión moral, pero supongo que me molestó que estuviera con varias chicas. Incluso tuvo un pequeño romance con Mariana, lo que no dejaba de ser extraño porque Mariana jamás había estado con otras mujeres (pensándolo bien, Julia es tan seductora que no debería llamar mi atención en lo más mínimo).
La última noche durmieron en casa, y a eso de las dos de la mañana se levantó y me encontró en el patio, leyendo. Se sentó a mi lado, apoyó la cabeza en mi hombro y dijo: “Tengo ganas de volver”. Le dije que la entendía perfectamente (aunque no era cierto), que no se preocupara, y que tampoco se olvidara de llevarle un beso de mi parte. Antes de acostarse me prometió que iba a volver a escribir.
Tardé unos cuantos días en entender que me había dado una lección, y que ambas cosas estaban íntimamente relacionadas. Redescubrir a Lisa, reencontrar el placer de la escritura, justificar de nuevo toda su vida. Necesitaba eso y no sabía decirlo. Aunque tuviera siempre todas las palabras.
Por supuesto, cuando hablo de rehacerlo todo el tiempo no me refiero sólo a los regresos, a barajar de nuevo o empezar donde habíamos dejado. Hablo también de duplicar la apuesta, y a la vez quedarnos con la sensación de que seríamos capaces de multiplicarlo todo infinitamente. En eso Lucía es una verdadera experta, una especie de prestidigitadora que siempre guarda un as en la manga y me hace creer que todavía no la conozco, que casi todo de ella me es extraño y me será revelado en ínfimas dosis.
Ningún ejemplo, por sí solo, puede reflejar o demostrar lo que estoy diciendo, y sin embargo no hay otra manera de hacerlo.
En mayo del año pasado salió mi segundo libro, una novela, justo en el momento en que terminaba la corrección de unos textos para Internet que me mantuvieron durante diez días pegado a la computadora. Los últimos dos ni siquiera había dormido, y estaba tan cansado que cuando me llamaron de la editorial para avisarme que tenían un par de ejemplares y que podía pasar a buscar uno –para calmar un poco la ansiedad–, contesté que después los llamaba o iba para allá, pero de hecho era imposible: me faltaban unas horas de trabajo, y para colmo esa misma noche cumplía años mi mejor amigo. Terminé el trabajo, lo mandé por mail, fui a comprar un regalo y de ahí a la casa de Diego. Lucía estaba enferma, así que fui solo, y pese a que todo el mundo me preguntó por el libro estaba tan aliviado que lo borré de mi mente hasta el otro día. Cuando apenas podía mantenerme en pie, decidí volver a casa.
Lucía estaba despierta. Fui hasta su lado de la cama y le di un beso en la frente (seguía teniendo fiebre). Le pregunté cómo se sentía, si quería algo. Nada, dijo. Se sentía bien. Me di por satisfecho. Después rodeé la cama, me saqué los zapatos y en un último esfuerzo abrí los brazos y caí desmayado. Entonces noté algo duro, leve pero firme, debajo de mi pecho. Volví a despertarme, y mientras corría las sábanas y evitaba mirarla, supe que otra vez lo había hecho.
Cómo el libro llegó hasta ahí es otra historia, o no viene al caso. Lo que quiero decir es que no hay tristeza ni desengaño ni herida que pueda con eso. No exagero: ni siquiera se me ocurre algo que pueda hacerle sombra.Aunque hubo varias y de distinto calibre, la última vez que Lucía y yo nos peleamos fue la peor de todas (no cuento esta separación, más breve, y que espero haya llegado a su fin). Ni siquiera hubo pelea, en verdad: apenas un par de malentendidos, alguna palabra que nunca debió decirse, la decisión apresurada de irme. Llevábamos viviendo juntos poco más de un año y de un momento a otro, sin que nos diésemos cuenta, todo se nos había ido de las manos.
Estuvimos sin vernos y casi sin hablar durante varios meses –su cumpleaños, el mío, las fiestas de fin de año–. Recuerdo que hice infinidad de cosas, pero me es difícil precisarlas. Recuerdo que me encontré con millones de amigos y me preocupé por mostrarles a alguien que no conocían. Y también, recuerdo, estuve con una chica francesa, demasiado hermosa, de la que creí o quise creer que estaba enamorado durante algunos días, hasta que una mañana me desperté y apenas podía recordar sus rasgos.
Cuando por fin me cansé de vivir la vida de otro, llamé a Lucía para que nos encontráramos. El impulso fue mío, pero me conmovió la manera en que ella se preocupó de mostrarme, desde el primer momento, que sentía lo mismo y que lo había sufrido tanto como yo. Digo: la sinceridad puede destruirnos, pero a veces es lo único que tenemos, lo único que en el fondo nos hace dignos.
Un poco más tarde, esa misma noche, Lucía dijo que no quería perderme, pero que estaba totalmente dispuesta a hacerlo. Al principio no supe qué decir, pero cuando empezaba a saberlo, por suerte, ella no me dio tiempo de decir nada. Se levantó la remera y me mostró el tatuaje: la gitana de los cigarrillos Gitanes, idéntica a mi hombro derecho, y debajo la frase Permanece oro (el nombre de mi primer libro).Contra lo que hubiese creído de mí mismo, contemplar el tatuaje –esa marca que la acercaba a mí para siempre– me hizo sentir liviano, como liberado de un peso insoportable, que nada tenía que ver con la posesión sino con las infinitas posibilidades que el mundo volvía a ofrecerme. Estaba algo asustado, por qué negarlo, pero al mismo tiempo sentía que mi fuerza se había multiplicado por diez. Y recordé, por primera vez en meses, los nombres que habíamos imaginado para nuestro primer hijo, incluso la fecha que no me animé a proponerle. Tampoco esa vez pude dormir. Me quedé pensando en las cosas que no había vivido durante esos meses, todo lo que me había perdido y que nunca podría recuperar. Estaba contento pero a la vez me sentía molesto, como si hubiese insultado mi inteligencia y provocado una herida que quizá nunca terminaría de cerrar.
Claro que no aprendí la lección, o no la aprendimos, y poco después volvimos a separarnos. Pero la sabiduría, se sabe, nunca nos pertenece: es patrimonio exclusivo de los otros.
En Another Woman, la película menos personal pero quizá más perfecta de Woody Allen, el personaje de Gena Rowlands dice sobre el final una frase que jamás he podido olvidar, pese a que olvido todos los finales: “Me quedé pensando si un recuerdo es algo que uno tiene o algo que ha perdido para siempre”.
Las palabras de la Rowlands vuelven a mí desde hace años como un estribillo pegajoso, y aunque jamás exigen una respuesta, últimamente han empezado a inquietarme. Pienso en ellas y se me ocurre que, a veces, todo depende de un par de circunstancias fortuitas, algo que se desliza o que no lo hace, una intuición, algo que percibimos o no en el momento justo.
Mi relación con Natalia, por ejemplo. Estuvimos juntos cinco años y durante todo el siguiente fue raro que pasáramos un par de semanas sin vernos. En lugar de apartarnos lentamente parecía que volvíamos a unirnos, y sin embargo, cuando todo se recomponía de un modo progresivo y cuidadoso, apareció Lucía y nuestras vidas tomaron otro rumbo. Pero suelo pensar, y no me equivoco, que pudo haber pasado lo contrario; no siempre es útil mirar en perspectiva y convencernos de que algo tiene una sola respuesta.
Lo que creo es que, aunque suene contradictorio, las cosas muchas veces son definitivas y son para siempre durante un tiempo. Quiero decir: así las sentimos, así las vivimos, incluso podemos verlas así desde el futuro. Es justo que lo hagamos.
Me gusta pensar mi relación con Naty de ese modo, como de verdad fue: una sucesión de pequeños milagros, de revelaciones íntimas y profundas que convirtieron mi vida en lo que siempre había deseado pero que pocas veces me animé a pedir en voz alta. Que sobreviviera o no es algo que ahora poco importa, y la línea que divide ambas posibilidades es tan imperceptible que ni siquiera me animo a vislumbrarla.
Veo a Lucía dormir como nadie durmió nunca, pienso en todo eso y de pronto, sin que lo espere, por primera vez encuentro una respuesta. Ahora entiendo que un recuerdo es ambas cosas: algo que tenemos y que al mismo tiempo hemos perdido para siempre.
Falta poco para que amanezca. Me hago una promesa: esta noche voy a descansar como mínimo ocho horas. Necesito hacerlo.
La veo dormir y me digo que tengo que cuidarla, que tengo que aferrarme a esto y no permitir que se vaya a ninguna parte. Pienso: dentro de diez años voy a ser mucho más joven que ahora. Y ella más hermosa.
Tengo ganas de ver el tatuaje, pero no quiero que se despierte. O sí.
También me gustaría decirle algunas cosas. O mejor: leerle unas páginas. Todavía no tuve tiempo de escribirlas, pero juro que están en mi cabeza, palabra por palabra. Es un relato sobre ella, o a partir de ella, aunque debería darle otro nombre. Muy bien: llamémosla Lucía, entonces.
Vuelvo a la cama. La abrazo y enseguida se acomoda a mi cuerpo. Le acaricio la espalda y después empiezo a besarla suavemente. Y así es como todo empieza de nuevo.

Fotos: Japo Pisani

Friday, March 29, 2002

El hijo del esposo de mamá

Por Soledad Calvo Diseñadora
1. Las dudas siempre estuvieron presentes. Mamá lo quiere a Juan como a un hijo. Y yo a Raúl lo siento como a un padre, a pesar de que no lo sea. Con el resto de la familia, a veces –lo confieso– es raro: sus hermanos, ¿son hermanos de él o míos?, ¿compartimos mamá y papá? El tema es así: nuestros padres –viudos los dos– se casaron hace unos años y todos nos fuimos a vivir bajo el mismo techo. Y yo me enamoré de Juan, el hijo del esposo de mi mamá.
2. Me llamo Soledad. Tengo 26 años y hasta que lo conocí a Juan nunca había estado en pareja. El es por ahora mi novio, pero además es mi futuro esposo (nos casamos en abril). Juan y yo mantenemos las piezas separadas, pero compartimos los desayunos. Estamos juntos desde hace cuatro años y medio.
3. Conocí a Juan en el curso de confirmación que hice en la parroquia que estaba cerca de casa. Teníamos 14 años, y en realidad ya lo había visto antes: era una de esas típicas caras del barrio a las que se les dice hola y chau casi sin esperar respuesta. Yo estaba sola y él estaba dejando de querer a su novia de ese momento. Juan es también hijo de Raúl, quien había sido compañero de facultad de una ex novia de mi papá. Vivíamos en ese entonces a seis cuadras de distancia y, aunque al salir del curso siempre íbamos para el mismo lado, jamás nos fuimos juntos.
4. Creo que hacer el amor es algo importante. Se construye en ese acto mucho más que el encuentro de dos cuerpos. Es una entrega: la manifestación carnal del amor. Así lo entiendo. Así me lo imagino. No le temo a la palabra virginidad, me gusta tener esa incógnita para la noche de bodas.
5. Mi mamá volvió a ver a Raúl de casualidad en el supermercado del barrio. De tanto saludarse góndola de por medio, un día Raúl la invitó a salir. Se llevaron tan bien que al año ya estaban planificando el casamiento y la mudanza. Cuando se oficializó el romance frente a las respectivas familias, me encontré con Juan sentado al lado de Raúl, su papá. Vendimos las dos casas y com-pramos una más grande en la que –como ya dije– aún vivimos todos juntos: los cuatro hijos de Raúl que no están casados, Raúl y nosotras cuatro.
6. Al tiempito de la mudanza fuimos a hacer un grupo de misión a Olavarría, organizado por la parroquia. Con Juan nos llevábamos bien. Me pidió que los acompañara, que era el último año que lo hacían. Acepté la invitación. Un par de meses más tarde, en Semana Santa, volvimos a viajar, esta vez a Colonia. Eran casi todas parejas, excepto el dueño de casa –que ese año entraba al seminario para ser cura–, Juan y yo. Durante esos días también hablamos mucho.En verano fuimos a Brasil con ese mismo grupo de amigos. Curiosamente, por más que íbamos todos juntos de acá para allá, más de una noche terminamos solos, charlando en la playa hasta muy tarde.
7. El 19 de abril era sábado, y por la tarde se festejaba el casamiento de una amiga. Concurrió el elenco familiar en pleno. Todo se desarrollaba normalmente. Terminé bailando un tango con Juan, solos en el centro de la pista, y vestidos de fiesta. A partir de ahí se enrareció todo. De llevarnos bien pasamos sin escalas a histeriquearnos mutuamente, y lo que nunca me había querido imaginar se hacía obvio ante los ojos. Nos habíamos salteado la etapa de las llamadas telefónicas, los te paso a buscar y los te acompaño hasta tu casa.
8. El tema era muy delicado: ninguno quería dar el primer paso si no pisaba un terreno firme y seguro. El desenlace ya no se podía dilatar un minuto más. Cuando volvimos del casamiento era de noche. Sin planearlo, ante preguntas desprovistas de cualquier lógica, le respondí: –Juan, la verdad es que no sé qué me pasa... yo...–A mí también. ¿Cómo les decimos a los viejos que estamos de novios?
9. El testeo previo con los hermanos funcionaba a la perfección. A todos les parecían bien nuestros nuevos roles dentro de la casa. Los amigos, por su parte, revelaron haberlo sospechado desde siempre, pero nunca habían dicho nada hasta que la historia se hizo pública.El domingo después del casamiento, apenas antes de las ocho de la noche, Juan les anuncia: “Viejos, a las ocho queremos hablar con ustedes”. Gran cita en el playroom. Raúl y mi mamá entraron y se sentaron enseguida. Juan estaba nervioso. Yo lo tomé más naturalmente: estaba enamorada de un chico. La conversación duró poco. Sonrisas abiertas aprobando todo.
10. Esto es lo que nos tocó y agradezco infinitamente a quien nos haya tirado la flecha. Sé que a mucha gente le llama la atención, pero yo creo que es obra de la casualidad. Nos conocemos bien, ya convivimos más de cinco años y casi se podría decir que formamos parte de la misma familia. El otro día, mientras pintaba el departamento que nos compramos, pensaba: somos felices, nos vamos a casar.


Foto: Diego Sanstede

Thursday, March 28, 2002

Sobreviví por ella

Por Maju Feldberg
Todo era gris. El cielo. Las paredes de cemento. Los uniformes. Todo menos el color rojo sangre que tenían las cruces esvásticas. El humo hacía que todo pareciera aún más triste. Quise atravesar con mi cuerpo el portón de acero que me separaba de Ida. Traté de hacerlo. Ella no alcanzó a verme. Los perros de los nazis la corrieron por el playón de tierra. Igual le grité que la amaba. Que no me había olvidado de ella. Mi voz se quebró. Le juré por todos los seres que habitan esta tierra que íbamos a volver a encontrarnos después de la tormenta. En ese momento, con Ida, mi esposa, ya habíamos estado separados durante dos años, hasta que coincidimos por esos contados segundos en el campo de Buchenwalt y pude verla apenas –y gritarle– a través del portón de acero. Después nos perdimos el rastro nuevamente.
Antes de que comenzara el infierno, yo trabajaba en una pequeña ciudad polaca al sur de Varsovia. Hablo del año 1936. Allí, una tarde, salí a dar un paseo y a conversar con un compañero de la fábrica. Estaba empezando la primavera. Por ese tiempo ya se hablaba bastante de Alemania, aunque nadie suponía lo que pasó después. Dimos vuelta a una esquina y vimos cruzar a una chica que tenía el cabello largo, rubio y lacio. Estaba con tres o cuatro amigas. Mi compañero, jugando, se ofreció a presentarme a la que más me gustara. La del cabello de oro, dije, evitando la duda. El cruzó la calle, saludó a todas amablemente y volvió con ella hacia mí. Se llamaba Ida y al instante supe que era lo mejor que me iba a pasar en la vida. Vivía con su madre y sus dos hermanas. Apenas seis meses más tarde ya nos habíamos casado y al poco tiempo nació David, nuestro hijo. Estaba formando mi familia, la nuestra.
Es duro describir el dolor que produce “dejar” a un hijo, pero entonces algo nos decía que sería aún más peligroso llevarlo con nosotros. Lo que no imaginaba es que también me iban a separar de Ida. Cuando los alemanes invadieron Polonia a todos los jóvenes se nos “sugirió” entregarnos a los nazis. Las opciones no eran muchas: o hacerse de coraje e ir a los campos de trabajo, o, con más valor aún, ser atrapado luego y caer en un campo de concentración. Fuimos a los campos de trabajo. La diferencia no era menor: el día y la noche. En uno te esclavizaban; en el otro te mataban. Y para nuestro hijo, David, logramos lo que nos pareció, desgarradoramente, la mejor solución: la hermana de Ida lo llevó a un convento en Rumania. Lo buscaríamos lo antes posible –nos prometimos–, pero un jirón de nuestro cuerpo quedó enterrado en esa separación.
A los “trabajadores” nos trasladaban de un campo a otro en forma casi permanente. Perdí contacto con Ida. La extrañé cada minuto que estuvimos separados y creí encontrarla en cada sombra. En todas las luces vi sus ojos. Pero la única vez que tuvimos –tuve, ya que ella no me vio– un instante de contacto fue en ese campo de Buchenwalt. Cuando terminó la guerra, en 1945, yo sólo pensaba en ella.
Un año y medio me tomó encontrarla. Se sucedieron inviernos y veranos, pero siempre tuve frío. Visité muchas sedes de la Cruz Roja en Europa. Seguí su rastro pero en Polonia no la encontré. Esa zona estaba ocupada por los rusos y era todavía muy peligrosa. En Praga casi doy con ella, pero se había ido. En Austria tampoco estaba. Finalmente agaché la cabeza ante mi orgullo y entré a buscarla a Alemania. Empezaba a perder las esperanzas pero no quería entregarme a la idea de vivir sin ella. Tenía que encontrarla. Nunca pensé en buscar otra pareja: era Ida o nadie. Esos meses fueron raros. Por una parte guardaba adentro mío todo ese dolor, esa impotencia. La bestialidad de los nazis me había desgarrado, pero el fin de la guerra también había unido mis pedazos otra vez. Ya no era el mismo, pero tampoco era otro.
Caminé solo por Berlín durante un tiempo. La ciudad estaba destruida. La gente estaba destruida. Era fácil abandonarse en ese contexto, pero de a poco me convencía de que lo peor ya había pasado. Una tarde de sol en Munich –creo que era un viernes– vi a una muchacha de cabellos de oro. Estaba de espaldas a mí, parada en la esquina, como para cruzar la calle. Llevaba una falda gris, y el pelo suelto, por supuesto. Sentí la sangre detenerse adentro mío, y en apenas un instante mi corazón pareció enloquecer. Apuré el paso. Cuando estuve a un metro de distancia alargué el brazo y le toqué el hombro. Ella giró y quedamos frente a frente otra vez. Quedan grabados en mi memoria los ojos húmedos de Ida, la boca temblorosa, la sonrisa y el abrazo interminable con el que sellamos el pacto de no volver a separarnos.
Sobrevivimos por amor. Finalmente lo hicimos. Pudimos reconstruir nuestra pareja y nunca nos volvimos a separar, hasta que Ida falleció –aquí, en Buenos Aires– en 1998. Nuestra historia, feliz, quedó sin embargo atravesada por una herida. A David, nuestro hijo, lo perdimos durante la guerra. Nunca supimos si la hermana de Ida llegó al convento. Si lo dejó y de allí lo sacaron. Si lo dieron en adopción. Si... Si... Muchos años después, ya estando en la Argentina, supimos de una persona que, por referencias, parecía ser nuestro hijo. Viajé a su encuentro en Israel a principios de los 90. Nos vimos y charlamos. El también vino a Buenos Aires. Nos vimos, nos olimos, nos reconocimos. Pero las dudas quedan, no sabemos si es nuestro hijo.
Cuando Ida murió, se llevó una parte de mí. Hoy tengo 86 años y ya no estoy triste: sé que en un tiempo vamos a volver a encontrarnos. No será la primera vez, pero supongo que sí será la última.


Foto: Fernando Gutiérrez

Wednesday, March 27, 2002

...y commieron perdices

Por Luis Gruss Periodista
Ricardo tiene hoy 69 años. Celia, su mujer, 74. Cuando se conocieron ella atendía un quiosco de cigarrillos y él, un adolescente, era tan alto como un jugador de básquet. Un día la invitó a salir. Fueron a bailar tango al Club Atlanta. Después probaron pista en El Nacional y La Armonía. El tango, ya se sabe, tiene una extraordinaria fuerza de amarre. Y esa danza los fundió en un abrazo interminable. Ricardo y Celia se casaron hace 46 años en la iglesia de Guadalupe. Fue un caluroso 14 de enero. Los dos entraron del brazo, como suele suceder, y del brazo bajaron también las escaleras. Desde entonces, aunque parezca increíble, la pareja cumple con un íntimo ritual. Todos los 14 de enero vuelven juntos a la misma iglesia donde se casaron. Entran tomados del brazo como la primera vez. Y salen, sin soltarse, cuando la misa de ese día llega a su fin.
La vida transcurre para ellos sin mayores conflictos. “Las pocas discusiones que tuvimos fueron por asuntos de familia y no por nosotros.” La que habla es Celia, secretaria de un obstetra con trabajo y sin quejas. Ricardo está desocupado. Vendía materiales eléctricos pero la crisis no lo perdonó. “Lo principal es que el amor no termina”, se consuela ahora sin apagar la radio. Los dos miran a su alrededor y no entienden lo que pasa con las parejas de ahora. Fabián (32, uno de los hijos) permanece soltero; Celia (45, tres hijos) está separada. “Hoy los jóvenes rompen sus parejas por cualquier motivo”, se queja la abuela con tono admonitorio. “Hay que entenderlos –concilia él–. Si la relación es mala se tienen que separar; no se puede vivir en el engaño.” Ellos se refugian en una burbuja irrompible. Se levantan temprano, sin hablar mucho, cada uno metido en sus quehaceres. Los dos son muy ordenados y se ayudan mutuamente a la hora de lavar y cocinar. De noche se presenta un ligero problema: a Celia le gusta fumar un cigarrillo –uno solo– recostada en la cama. Y eso a Ricardo no le gusta. “Pero ya me acostumbré”, dice él en tren de paz. A lo largo del matrimonio hicieron algunos viajes de cabotaje. Mar del Plata, Villa La Angostura, Cataratas. Querrían conocer Europa o, para ser más precisos, Italia. Es la tierra de sus antepasados. Pero esta pareja no se alimenta de sueños. “No necesito nada –se conforma él–. Con un buen café me alcanza; mientras sigamos juntos todo lo demás está bien.”
Hace medio siglo, cuando se conocieron, Ricardo y Celia no se perdían jamás un sábado de tango y milonga. Es, tal vez, lo único que dejaron de hacer. ¿Por qué? “Es que ya somos grandes”, concluye Celia mirando en silencio hacia la calle. Y sin dejar de barrer.


Foto Luciana Betesh

Tuesday, March 26, 2002

Viejas nuevas formas de amar

Por Susana Villalba Poeta, entre sus libros figuran “Caminatas” y “Susy, secretos del corazón”
Como cada uno ahora en su casa yendo de la cama al living. Yendo de un canal a otro del cable, del primero al último, del último al primero... ¿El canal erótico? ¿Para qué? La explicitación hace desaparecer la seducción y el erotismo. Me termina dando risa. ¿Policiales? Siempre el mismo psicópata. ¿De amor? Esas películas en las que el marido va hasta la esquina a comprar cerveza y ya está llamando, diciendo por teléfono Honey I miss you, I love you... bastante inverosímil. ¿Noticieros? No gracias, me vengo salvando del síntoma de la época: el pánico. Películas de enfermos. Dibujitos. Series que me hacen acordar de tantas horas viendo tele de chicos... Qué puedo ver, qué puedo ver, qué puedo hacer. Una canción de Moris, mirar el techo y en el techo no hay nada, hay solamente un techo, fumar y hacerse películas de amor. ¿Pero cuál? También en mi cabeza hay un zapping, cada historia que empiezo me parece que no sé qué final quiero que tenga. ¿Un final feliz es realmente feliz? He aquí la pregunta de mi generación. Empezamos y terminamos, rápido y mal –y no me refiero al sexo–, porque no sabemos cómo queremos que termine. ¿Será que hay que empezar de nuevo? De nuevo nuevo, quiero decir. Empezar con otra idea. Quizá con la certeza de no tener ninguna idea e ir viendo. Paciencia. Como quien tiene que ordenar un placard donde guardó de todo, y hecho un bollo. Hay que rehacer el amor. Pero entonces habría que pensar primero qué es hacerlo. O rehacerlo.Rehacer, según el diccionario, puede ser repetir lo ya hecho o “serenarse”, rehacerse. Buscamos un equilibrio. Si algo se debe rehacer es porque se deshizo. Más que el amor, la idea del amor. Una característica “moderna” es que primero se hace el amor, en su sentido literal de litera –cama– y luego se piensa (a veces) quién es el otro. Si de las parejas de antaño se decía que llegaban al matrimonio sin conocerse bien en aspectos fundamentales como la cotidianidad, de las relaciones de las últimas décadas se puede decir el otro extremo (los extremos se tocan, ¿no?): demasiado pronto se fuerzan dos desconocidos en una cotidianidad para la que no hay verdadera confianza. ¿Quién no se ha encontrado desayunando con un/a perfecto/a extraño/a?
Si es por hacer el amor en ese sentido, bueno, ya lo hicimos, ya aprendimos, nos liberamos, tuvimos experiencia pero... ¡qué manada de solitarios! Veo en el techo el recuerdo de una historia... ¿Es un recuerdo mío? ¿Me lo contó mi amiga? ¿A mi amiga se lo contó una amiga? No importa, ¿quién no vivió, aunque sea una vez, esta historia? ¿Son los ochenta? Más o menos, me parece que sí. O un poco más. Estoy en una fiesta, como todas, no es divertida porque no estamos divertidos, no somos divertidos, un escepticismo existencial nos acompaña adonde vayamos. Cada uno baila solo. Yo también, y para peor con los ojos cerrados. Se toma mucha cerveza, primero porque es más divertido, después porque da una justificación para que nada sea divertido. Finalmente porque por fin el cerebro hace paf, un conveniente block out. Toco algo con el pie, un reloj, alguien lo perdió bailando, me lo pongo. Abro los ojos y allá lejos veo un tipo que me gusta, físicamente, digo. Me abro paso, me pongo a bailar frente a él, me convida cerveza. Bailamos. Bailamos. De pronto, no. De pronto, sí. Estamos encerrados y abrazados en un baño, sin ropas. Unos días después entro a un café y veo una cara que me parece conocida. Debe ser, porque él tiene el mismo gesto de “me parece que te conozco”. Nos parece a los dos que somos esos que estuvieron encerrados en el baño; así es que me siento a su mesa. Cuando me saco el abrigo dice: “¡Tenés mi reloj! ¿Estuve en tu casa? Creí que lo había perdido en la fiesta”.
Deberíamos pensar que semejante casualidad señala un destino. Pues no, a no ser que el destino sea puro camino y no llegar a ninguna parte. Puro aprendizaje. Porque aunque nos vemos algunas veces más no encontramos –salvo más comodidad que en un baño– nada que nos entusiasme. Yo miro el techo, él monologa sobre bueyes perdidos. Chau, chau. Algún día uno de los dos no llama más, el otro tampoco. Nadie lo lamenta. Pasan unos meses y un día me llama para contarme algo que es muy importante para su vida, dice, y quiere compartirlo conmigo. ¿Conmigo? Ha triunfado sobre su adicción a la cocaína, pudo dejar. Lo que me impresiona es que nunca me di cuenta de que fuera adicto ni de que le preocupara. ¡Qué autismo! El mío. El de él. The Lonely Hearts Club Band. Cada cual atiende su juego. Como puede.
Es curioso: se habla de la mayor comunicación. Y me pregunto si es realmente así. Si mi autismo no es similar al de otras relaciones basadas en modelos que, en apariencia, están perimidos. Quiero remontar la punta del ovillo para entender razones: ¿fue por eso que hace unos años escribí una novela sobre Malinche? En parte, pero también por algo más. Eso de ser la lengua, la guerrera, en algo me identifica con un tópico: la mujer-escritora. Además, por haber pasado ella a la historia como el emblema mismo de la traición por su romance con el españolísimo Cortés.
Se dice de las mujeres que son traicioneras. La verdad es que “la Chingada” no tenía muchas opciones, traicionada por propios y ajenos, una y otra vez. Primero, no está claro si su padre muere naturalmente, a manos del imperio azteca o si es asesinado por su esposa y el amante. Cuando ese amante ya tiene el camino libre para ser un marido oficial, la madre de Malinche tiene con él un hijo varón al que prefieren para heredar títulos y tierras, así que necesitan deshacerse de la niña. La leyenda cuenta que fingen su muerte enterrando a una esclava y que mientras suena el funeral, Malinche es llevada a escondidas por unos mercaderes a quienes su familia acaba de venderla. Así es como aparece en tierras mayas, por lo que aprende ese idioma además del suyo, el nahuatl, lo que la convertirá luego en la traductora necesaria de Cortés. Pero, ¿cómo es que aparece cerca de Cortés? Por la costumbre indígena de “regalar” mujeres al conquistador. Durante un tiempo es “adjudicada” a un lugarteniente hasta que se descubre su valor como lengua y su conocimiento de las costumbres e ideas, tan útiles a los conquistadores. A partir de ese momento Cortés y Malinche son inseparables, a tal punto que los indígenas llamaban a ambos por igual con el nombre de ella. ¿Doña Marina, como la bautizaron los españoles, traicionaba a su raza o a quienes habían dominado a su pueblo? Las crónicas reconocen la ayuda que Malinche prestó revelando secretos que los indios le confiaban. No tenía veinte años aún, dicen que era hermosa y muy inteligente y que en poco tiempo aprendió también el español. Y parecería que ella estaba realmente convencida, como suele suceder con quien ya está bajo un yugo, de que un nuevo yugo será la salvación. Se habla del gran amor entre Cortés y Malinche. ¿Cómo imaginar lo que se entendía entonces por amor? Ya de por sí Cortés había dado y tenido bastantes problemas en España. ¿Y Malinche? ¿Cómo imaginarla frente a ese blanco con armadura que bajaba de la orilla del cielo del mar en un ciervo gigante, casi como si nos enamoráramos ahora de un marciano? Caballos, cañones y la gran cruz. Aunque no lo practicara de verdad, Cortés introdujo la idea del cristianismo del cual dicen que Malinche se hizo devota. Algunos dicen que Cortés, hábil estratega, la mantenía enamorada para poder confiar en ella, de sus traducciones dependían las negociaciones con Moctezuma, nada menos. Como si todo fuera poco complicado, una vez conquistado México y mientras Malinche está por parir el hijo de Cortés, aparece Catalina, la esposa española que había quedado en Cuba y que viene a ocupar su lugar de gobernadora.
Misteriosamente muere ahogada, y aunque sufría de “asma esencial”, se dijo que Cortés la asfixió con una almohada. Pero ni siquiera para poder casarse con su amor, ahora que era marqués, iba a desposar a una india, aunque le agradece los servicios prestados casándola con don Jaramillo y dejándole tierras. La pregunta en esta relación –que de alguna forma es emblemática– sería: ¿Malinche y Cortés se quisieron de verdad? ¿O sólo se necesitaron mutuamente? Pero también me parece emblemático que una mujer-guerrera no pueda ser a la vez una esposa.
Sigo buscando en la historia, más cerca en el tiempo y en el espacio. Otro romance de un momento fundacional: el del caudillo entrerriano Pancho Ramírez con la Delfina. Momentos de guerras, guerrillas, montoneras. A los combates contra los españoles pronto se superponen combates entre o contra caudillos regionales. ¿Será quizá la estructura femenina de mi cerebro que no me permite entender, por libros y libros que lea, por qué Ramírez es primero aliado de Artigas y luego lo combate, por qué López es primero aliado de Ramírez y luego lo combate? ¿Cosas de hombres? Y mientras los hombres se envían cartas del tenor de: “Aquí te mando embalsamada la cabeza de tal para que la pongas como pisapapeles en tu escritorio”, ¿qué hacen las mujeres? No todas bordan banderas como Remeditos. Las de menos fortuna van de aquí para allá detrás de los ejércitos, una caravana de ollas y niños, las cuarteleras. Pero la Delfina viste uniforme de dragón y es parte de la tropa. Es la literatura la que nos dejó el mejor retrato en la novela sobre Camila O'Gorman de Enrique Molina: una Delfina que cabalga desnuda y con una larga cabellera. Una fantasía, pero que revela la fascinación que –dicen– todos los soldados sentían por ella. Mientras, otras mujeres esperaban en el pueblo bordando el vestido de novia, como Norberta, la prometida oficial de Ramírez. También el final es más sentido en la literatura que en las crónicas: el Romance del Río Seco, de Leopoldo Lugones, nos hace ver la triste y larga cabalgata de un Ramírez ya vencido y perseguido por sus antiguos aliados, que huye con poquísimos hombres y con su Delfina. Ella queda rezagada, están por tomarla prisionera y él quizá podría haber escapado si no hubiera retrocedido para salvarla. Se dice que al regresar Delfina a Concepción del Uruguay (donde hoy podemos ver su casa), Norberta le regala el vestido de novia, como reconociendo que fue su verdadera mujer. Pero a veces me pregunto con quién se hubiera casado Ramírez llegada la paz.

Por eso, pienso en la importancia de la cultura de época. Y me pregunto si no asumimos roles de tiempos pasados: qué idea del amor se tiene hoy, se tuvo antes, de qué modo el entorno y sus problemas socavan o unen relaciones. Delfina es un emblema de un tiempo en que dos imágenes, la guerrera y la novia, no se fusionaban en una sola mujer. ¿Y hasta qué punto hoy persiste la contradicción? Pasaron unos años desde que escribí la novela sobre Malinche y continúo percibiendo que algunos hombres dan por sentado que en mi casa no puede haber una sartén, no puede haber orden, “debo” ser una bohemia, debo no entender nada de administrar el dinero, debo ser una despelotada y, la peor desilusión, he notado, es cuando no soy “rara”, rara como una poeta. Más de una vez me sucedió que quien se acerca a la poeta espera vivir constantemente en un mundo de nubes. Un mundo que por supuesto sólo soportarían por un rato.
Yo me siento cruzada, empapada, por el rock y la tele, vaya conjunción. Me gusta el emblema de la pareja de John Lennon y Yoko Ono, aunque todavía fuera chica cuando los vi por la tele desnudos en una cama llena de flores y rodeados de carteles en contra de la guerra en Vietnam. Aunque no haya ni probado esa enorme cantidad y variedad de drogas que se dice que ellos consumieron, me entiendo más a partir de esa imagen de ellos y no viendo las falsas películas de Mercedes Carreras, que es el único ejemplo que recuerdo de mi propio país en esos años. Pero el problema para ahondar en esa historia es que recuerdo poco, recuerdo que él tenía una esposa a la que olvidaba en cualquier andén. Recuerdo que esa esposa un día se encontró ya instalada a Yoko en su casa. Que los Beatles no bancaban a Yoko y John les daba el portazo defendiéndola. Que después de muchos años juntos tuvieron unos meses de separación pero volvieron a unirse. Algunos lo lamentaban, decían que él estaba mejor durante su separación y con una “buena chica”. No recuerdo mucho más, así que trato de leer algo sobre ellos pero sólo encuentro drogas y alcohol en cantidades y mezclas como para descerebrarlos y superinterdependencia de adictos entre ellos. Suena a limitado que eso haya sido todo, que no encuentre más información excepto algunas grandes frases acerca de un gran amor. O es un relato moralista exagerado o ellos eran así de exagerados. Al fin y al cabo, eran tan tan emblema que es posible que no pudieran bajar de ahí. Hay algunos análisis psicológicos, como que John era un niño abandonado por su madre y que ella venía de la nobleza masculinista japonesa y ambos se necesitaron como barcos en una tormenta. Lo que en realidad importa es que ellos son el flower power, los happenings, las experiencias alucinógenas, distorsión en la percepción y distorsión en la guitarra, el arte conceptual, Give peace a chance, la pasión de la música contra un orden al que se estaba dando vuelta como un guante porque no daba ni respuestas ni felicidad. Hendrix prendiendo fuego a su guitarra, yo moría por Hendrix y Hendrix moría por sobredosis demasiado joven. Sí, el orden viejo no daba respuestas: ¿pero las da el nuevo?
La generación paranoica, con melancolía de futuro y sin saber qué modelo... ¿Qué quiero? Ya ni sé. Me parece que quiero alguien que a apenas un mes de conocernos no me diga te amo ni me diga no quiero un compromiso. Alguien que se tome tiempo para ver, ver cómo soy, ver qué quiere ahora, con esta persona en particular y en este momento específico de su vida. ¿Y yo? ¿También seré capaz de no presuponer? Sobre todo lo que no quiero es esa manera en que algunos hombres parecen haber dicho “ustedes querían la independencia, aquí la tienen” y hacen mutis por el foro.Aunque no sea una buena película, hay una clave interesante en Acoso sexual: “Los hombres somos los que tenemos que ir a la guerra”, dice Michael Douglas. “Los hombres deciden las guerras”, responde su mujer, pero él contesta que no se encuentra precisamente en el Parlamento pudiendo tomar decisiones. En lugar de enfrentarse, “rehacen” la pareja comprendiendo que el problema está afuera y los afecta a ambos; en el caso de ellos, el problema de la competencia feroz entre empresas y entre personas dentro de una empresa. Otro excelente ejemplo son las películas de Abel Ferrara, esos hombres atrapados en tópicos masculinos que los destruyen y que no logran modificar. O Todo o nada, por ejemplo, donde el viraje económico ha dejado a los hombres fuera de su papel tradicional de “proveedores”. Allí los hombres encuentran al menos el primer paso para una solución: “poner al desnudo” el desconcierto y la dificultad. Esas son las grandes historias de amor de mi generación, esas películas parecen concentrar todas las discusiones y malentendidos que tuvimos en estos años. Miro a mi alrededor y veo que los que tienen parejas más sólidas y solidarias son los homosexuales, hombres o mujeres. Los que tienen 50 ya pasaron la época en que tuvieron que pelearla para poder mostrarse públicamente, los que tienen 30 o menos disfrutan más relajados de ese camino ya abierto. Los veo mucho más “de a dos” que a las parejas heterosexuales, aunque enfrentando otro tipo de dificultades, librados de cargar con la impronta de roles tradicionales y a la vez pelear contra ello. Aunque algunos tópicos culturales tuvieron que sacudirse también, sobre todo en la homosexualidad masculina, el rol de maestro-discípulo de los griegos por ejemplo. Verlaine-Rimbaud, Wilde-Bossie. Y una vez más la época: Wilde y Verlaine fueron encarcelados por “sodomía”, condenados a trabajos forzados. Es extraño cómo el mundo suele encarnizarse, como en el caso de Lennon, con un integrante de la pareja sin poder soportar la idea de que esa pareja es elegida por ambos, por destructiva que sea. Así como el mundo detesta unánimemente a Yoko, unánimemente detesta a Bossie (Alfred Douglas), el jovencito bello y según todos egoísta, perverso y malcriado que arruinó a Wilde. Después de hacerle malgastar su dinero y sus energías para escribir, después de despreciarlo a los gritos y luego buscarlo desesperadamente para continuar torturándolo, después de leerle poemas no muy buenos, de hacerle conocer el mundo de los taxiboys y de hacer un alarde de la relación que no era muy conveniente entonces, se dice que Douglas instigó a Wilde a enfrentarse con su padre en un juicio que todos advirtieron que terminaría mal. El padre de Douglas acusa públicamente a Wilde de sodomita, cuando se dice que no había nada que él pudiera enseñar a Bossie sino más bien al contrario, aunque el escritor fuera ya adulto y Bossie casi un adolescente. Wilde inicia un juicio pero pasa de ser el ofendido a ser el acusado y condenado. A partir de la condena sus libros dejan de estar en las librerías, su obra de teatro La importancia de llamarse Ernesto, que estaba teniendo tanto éxito, baja de cartel. La esposa de Wilde cambia el apellido de sus hijos, aunque se dice de ella que lo ayudó siempre, incluso al salir de la cárcel, ya arruinado de salud, de moral y económicamente. Se dice que mientras Wilde estaba en la cárcel Bossie intentó vender a un diario sus cartas, por lo que Wilde prometió a sus amigos y a sí mismo no dejarse enroscar nunca más por el mancebo al que todos consideraban una víbora celosa del talento de Oscar y aprovechada de su fama. Pero hay pasiones así, como un imán. Al salir en libertad allí está nuevamente Wilde con su Bossie, que ni lo cuida ni lo consuela. El gran escritor muere mientras el amante publica chismes y de paso sus propios poemas y embolsa dinero. Unánimemente esto es lo que cuentan las biografías y la película. Hasta Douglas mismo no logra desmentirlo bien. Pero no se dice mucho acerca de por qué Bossie, por qué no Robert, el primer amor masculino de Wilde que lo comprendía, lo apoyaba y amaba. Por qué no otros. Por qué esa obsesión en la que todos muestran a Wilde casi como un tonto cuando en su literatura es uno de los más agudos y sarcásticos. Algo veía Wilde en Bossie, algo que creía no tener en sí mismo, quizá todo el sarcasmo vuelto acto, un desparpajo brutal que Wilde habrá tomado por falta absoluta de hipocresía. Y la belleza, tan importante para el escritor que hizo un culto de la decoración y de la vestimenta. Como sea, está claro que opinar desde afuera siempre es inútil. En el fondo ningún ejemplo sirve, cada uno es cada uno.
Al igual que Wilde y Bossie, unos cien años más tarde Sid y Nancy tuvieron una relación parecida, signada por la autodestrucción. ¿O por su manera neorromántica de entender el amor? Sid Vicious, el que en Londres no fue recibido por la Reina como Lennon sino que la burló en la canción God Save the Queen, que ninguna radio se atrevía a transmitir, el bajista fundamental del punk, encontró una noche a su amada Nancy apuñalada. Y aunque todo lo señalaba a él como culpable, no recordaba qué había sucedido. ¿Para qué lo rodearon de abogados y protección si lo que él quería, y finalmente hizo, era seguir a Nancy hasta la muerte? Siempre juntos, siempre desesperados. Comienzan los 80 con esta muerte, comienza aparentemente el triunfo del consumo, prevalece la droga del rendimiento sobre la del delirio. Por suerte nada es tan esquemático, también pasan muchas otras cosas, variedad de movimientos artísticos y de modos de relación que continúan bullendo. Pero básicamente, con menos extremo o espectacularidad, la misma exasperación de Sid tenemos todos, una exasperación que en realidad no nos la produce el otro sino la búsqueda de algo que siempre permanece inasible. Y más en esta época en que va apareciendo todo lo que los 80 y los 90 barrieron bajo la alfombra. De nada sirven ejemplos heroicos de amor en el día a día.
Sigo mirando alrededor para entender a través de modelos. De todos modos, cada época no tiene una sola imagen como un cuadro fijo, diversos modos conviven mientras los estratos de antes influyen. El tradicional matrimonio de Palito Ortega coexiste con las sucesivas parejas de Su Giménez, en las que siempre ella parece ser la “jefa de familia”. Ladi Di, la tragedia de querer sostener algo que ya no encaja es contemporánea, o casi, a la de la princesa Máxima. ¡Quién hubiera imaginado una princesa a quien le cuestionaran la actuación de su padre durante el Proceso! En la diversidad aparecen tantos ejemplos. Aparentemente un menú donde cada uno podría elegir el modelo ad hoc a su personalidad, aunque mayormente en cada generación prevalece un estilo. Frida Khalo coqueteando con Trotsky sin que Rivera protestara, aunque sí protestaba si ella tenía amantes femeninas. Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre estableciendo la no convivencia como fórmula de perduración. Anaïs Nin contando con detalles encuentros amorosos con, entre otros, Henry Miller, mientras Miller contaba sin eufemismos aventuras sexuales en los trópicos de Cáncer y de Capricornio. Y ambos amaban a June, la esposa de Henry. Madonna como ejemplo de la mujer que toma la iniciativa invitando a Banderas, Banderas como ejemplo de que hoy un hombre se atreve a decir que no. A veces los finales de las películas parecen regresar a cauces comunes o terminar en desastre. Ahora los que tienen que encontrar las nuevas formas del amor son ya nuestros hijos, a los que parecemos ridículas con nuestras polleras de bambula floreadas y que se ponen verdes si votamos al PO. Con todo, y aunque les tiraría con un plato cuando dicen que Janis Joplin es imbancable, confío más en ellos. Los veo haciendo menos diferencias entre hombres y mujeres, con roles más movibles. De pronto recuerdo un comentario de mi viejo a mi hermana y a mí: “Qué suerte, ustedes son amigas de los varones, en mi época no teníamos esa confianza, no nos tratábamos de ese modo”. Ya se sabe que la amistad no es como el amor, no se puede comparar una cosa con otra, pero es cierto que si la pareja avanzó fue inyectándole alguna cualidad de la amistad. Pero además, ya no hay ese ingrediente de muerte y destrucción como en Sid o en Lennon. Y mal que les pese a los jóvenes que ven a los 70 como una antigualla, parece que vuelve la idea de “resistencia” de a dos. Hoy nuestras hijas, cuando no se van del país porque no encuentran trabajo, se van con sus novios a un cacerolazo. Aunque a algunos de esos novios se les escuchan a veces opiniones que nos parecen descolgadas o yuppies. No importa. Estoy convencida de que en lo cotidiano, en las relaciones entre persona y persona, avanzaron más que nosotros. Creo. Quiero creer.


Ilustraciones: Marta Almeida

Mi casamiento duró una noche

Por Gabriela Radice Conductora de radio y televisión
Me casé una noche de diciembre de 1991. Me separé una mañana de diciembre de 1991. No es que estuviera en mis planes ser parte del Libro de los Récords, ni mucho menos hacer un estudio sobre la mañana después... Sólo pasó. Como pasan las cosas en la vida, sin que nadie tenga en sus manos la última carta. Poco tardé en darme cuenta de que son miles las cosas que separan a un hombre y a una mujer antes que la muerte y el “para siempre”, aunque suene bonito, siempre acaba.
En mi caso acabó muy temprano. Y no fue por él. No era “malo” ni hizo nada incorrecto.
Recuerdo que llegamos al altar sintiéndonos profundamente enamorados, creyendo que éramos el uno para el otro y preparados para ese momento que muchos soñamos y alcanzamos a vivir como un gran paso. Pero éramos “mucho más que dos”. El, yo y el contrato matrimonial...
Y el tema fue ese contrato que nos unió. ¿Suena raro? A mí no tanto: siempre sentí pavor a pensar que el futuro ya estaba fijado y no permitía cambios. Miedo a que se acabe la sorpresa, miedo a que mi historia sea una más de tantas, miedo a descubrir que sé cómo termina el cuento antes de leerlo. El “para siempre” me asusta. ¿Cómo podía, entonces, vivir con la idea de que a partir de ese momento ya no habría un mañana distinto del que había comenzado en el altar de la iglesia? En verdad, esto mismo me pasa en otros ámbitos de la vida: debo ser la única argentina que se siente feliz cuando le dan trabajo por unos meses y también la única que sufre si quieren efectivizarla. Me niego –y reniego– a sentirme atada a un objetivo. Es imperiosa la necesidad de saber que algo más puede sorprenderme. Las situaciones que no se acaban pronto suelen llevarme a un pensamiento concreto: miedo de aburrirme. Y el matrimonio no fue una excepción. Hoy pienso, incluso, que si no hubiera decidido casarme con ese hombre que fue por dos años mi novio y por apenas un día mi marido, tal vez todo hubiera sido distinto, porque poner la firma sólo funcionó como acta de defunción del amor.
Hasta aquel día, apenas pasados los veinte años, creía que casarse era la historia. No había otra. El germen había ingresado en mí cuando era chiqui-chiquitita. Una vez –estando en salita rosa, tiempos del jardín de infantes– teníamos que disfrazarnos para una fiesta escolar. Decidida, le dije a la señorita Victoria: “Quiero ir vestida de novia”. “Pero quiero entrar fumando”, agregué, confundiendo mis aspiraciones de esposa y de Marlene Dietrich. Llegó el NO de la horrorizada maestra, que luego no tuvo más remedio que aceptar ante mi alternativa: “Si no, de vedette”. Y sí, siempre me enrolé en la lista de las enamoradizas, y muchos años de mi vida los pasé buscando el “hombre ideal” para casarme. Cosas de mandato, dirán algunos; muy pocas mujeres podemos escaparle a la idea de casarnos algún día y yo no fui la excepción a la regla.
Pero si una no puede explicarse muchas veces por qué se enamora, cuánto más difícil es explicar por qué una se desenamora, más si hay que explicarle a medio mundo que lo que era hasta ayer, ya no es hoy. ¿Cuántas veces no comprendemos por qué Cupido dispara su flecha y une a dos personas? Así de incomprensible es también cuando el dios del amor se toma el trabajo de retirar su flecha y moverla hacia otros horizontes.
No es cuestión de días, meses, años de matrimonio u horas. Yo tuve que cargarme mi propia cruz para saber que el amor nada tiene que ver con el tiempo. Alguien me dijo, cuando ocurrió todo esto, que las situaciones límite –una boda puede serlo– nos hacen tomar las riendas de nuestra vida y nos dirigen hacia donde verdaderamente está nuestro destino.
Recuerdo la noche de bodas: yo había llegado hasta allí, hasta donde había soñado tantas veces y, ahí nomás, todo se desmoronaba sin esbozarse apenas un porqué. Me preguntaba una y otra vez cómo podía ocurrir una cosa así, pero sólo encontraba angustia por respuesta y la presión de todos alrededor buscando una razón para semejante desatino. ¿Adónde se había metido lo que sentía la noche anterior? ¿Quién me había robado, en apenas algunas horas, mi amor, ese que era para toda la vida? Tal vez nadie, sólo el hecho de saber desde lo más inconsciente que la pasión llega a un punto sin retorno, que las alas se cortan, que ya todo puede ser previsible y eso no era lo que yo quería para mí.
Mi primera mañana como mujer casada –primera y única, en verdad– no fue fácil. Durante demasiadas horas miré el techo blanco, desnudo, como desnuda sentía mi alma, que estaba en carne viva. El vestido de novia había quedado tirado por el piso y ahí mismo habían quedado todas mis ilusiones, aplastadas por el vacío indescriptible de haber llegado a una meta y no saber bien para qué.
Quedé inmóvil más tiempo del biológicamente posible.
Claro que me quería morir.
Creo que lloré más de lo que puede llorarse en una vida entera. Mitad de lágrimas por él, porque sentía que me había convertido en un monstruo y sabía perfectamente que estaba causando mucho daño, la otra mitad por mí, porque me sentía muy miserable, chiquitita, vacía de amor y llena de nada.
Poco pude hacer. No era cuestión de caprichos, el amor no estaba más allí. Un contrato había hecho añicos lo que era capaz de sentir por otra persona.¿Me asusté? Seguro. ¿Inmadurez? También. Pero sólo yo sé que lo amaba, y sólo yo sé que el día siguiente al casamiento sólo sentía la nada. Nada. Esa es la palabra, cuando no hay situaciones odiosas de por medio, cuando nadie te hizo nada para que dejes de quererlo y sin embargo no sentís nada más por él. Y la nada no se siente como nada. Viene con dolor, viene a llevarse todo, viene a quitarte hasta las ganas de vivir.
No hubo muchos intentos de rehacer lo que había sido. Era casi imposible. Nada pudieron hacer los curas, los psicólogos y los astrólogos que intentaron descifrar el enigma de la brevedad de mi matrimonio. Algo había quedado muy claro para mí: el amor nada tiene que ver con papeles, libretas y convenciones preestablecidas.
Nos vimos algunas veces y con el tiempo, ya curadas las heridas, llegamos a guardarnos un gran cariño. La última vez fue una noche en la que me sugirió que siguiera a mi galopante corazón y me jugara todo por estar con quien hoy, siete años después, es mi compañero. Un compañero al que amo profundamente, pero al que cada vez que me propone matrimonio, por las dudas, le digo “No, gracias, no quiero”.

Fotos: David Fernández

Monday, March 25, 2002

Beneficios del amor

Por Luis Gruss, del libro Malos poetas
Se habla mucho, acaso demasiado, sobre el lado oscuro del amor. La abundancia de crímenes pasionales, para colmo, parece dar razón a los enemigos del factor sentimental. Pero a lo sumo ese fenómeno confirma que el enamorado puede sucumbir a los efluvios de un fervor extraño, y que a veces, incluso, termina sumido en graves dolencias. El desastroso final de Romeo y Julieta representa un permanente llamado de atención para los amantes de todos los tiempos. Y dado que raramente nos enamoramos de la persona que nos conviene, el aspecto antieconómico e irracional del romance prende finalmente, como una llama helada, en el corazón de la época. Ya es hora, por lo tanto, de rescatar el poder altamente productivo de este sentimiento. Los pueblos primitivos lo conocían de sobra. Y hasta era habitual que las parejas hicieran el amor junto a los sembrados, en la creencia de que el coito infundiría nueva fuerza a las semillas. Pero aun al margen de los mitos, nadie puede negar el carácter transformador de la pasión amorosa. La férrea voluntad de los protagonistas no tiene igual. Su buen humor los torna siempre dispuestos a prodigar actos amistosos cuyos efectos llegan más allá del ser amado. La rara armonía conseguida, además, entra en conflicto con la desarmonía esencial del mundo, y esto redunda a la larga en cambios existenciales difíciles de mensurar. En este sentido, claro está, no faltarán los que acusen a los amantes de ser los subversivos de nuestro tiempo. Es muy posible que así sea. Porque los enamorados, al igual que los guerrilleros de alma, están siempre dispuestos a inmolarse por la causa.

Fútbol y amor, un solo corazón

Por Rodolfo Cifarelli Escritor, primera mención Premio Clarín de Novela 2001
27 de diciembre de 2001. La bengala suspendida en el aire dispersaba en mis venas una tumultuosa corriente de alegría. Para que este instante tenga un sentido, debo decir que el trayecto de esa bengala empezó muchos años atrás.
Corría 1967 y el Registro Civil no tuvo mejor idea que darles a mis tíos fecha de casamiento el 4 de noviembre, pero mi tío tuvo una idea aún mejor. Mientras el juez leía los derechos y las obligaciones conyugales, él escuchaba Racing-Celtic por un audífono conectado a una radio disimulada bajo el saco. En el exacto momento en que el juez los declaraba marido y mujer, en el Estadio Centenario de Montevideo el Chango Cárdenas sacó el disparo que se clavaría en el ángulo derecho del arco rival. Todavía hoy los que sobrevivieron a la ceremonia recuerdan el rostro atónito del juez, alzado por mi tío en un grito de gol interminable.

Tal vez porque mi padre, el hermano mayor de mi tío, murió joven, y más que nada porque ellos no pudieron tener hijos, yo resulté el elegido para entrar en esa religión en la que los cruzados visten pantalones cortos y los mártires llenan las tribunas.
A pesar de los azotes deportivos ellos jamás olvidaron que el aniversario de bodas coincide con esa consagración histórica. En los últimos veinte años creo que no falté una vez a cenar con ellos en esa fecha, y admito que constituyen dos paradojas vivientes. Tanto para él, un eximio relojero, como para ella, una escrupulosa profesora de latín, el tiempo no pasa. En cada aniversario vemos el gol de Cárdenas, y hasta que la pelota no se eterniza en la red ellos reprimen el alarido como si estuvieran asistiendo a una transmisión en directo. Sus almas, por suerte, no poseen la frialdad de los cronómetros ni se han enmohecido como las lenguas muertas. Una hora después de que Racing hubo descendido a Primera B, mi tía me anunció que mi tío se suicidaría. Le dije que ya salía para su casa, pero con el mismo tono resignado dijo que ella también lo haría. Lo habían meditado y el suicidio era de común acuerdo. Enmudecí, y ella cortó. Mientras manejaba no se me ocurría qué podría decirles, en caso, claro, de encontrarlos vivos, porque ¿qué argumento superaría al luminoso secreto que convierte la tristeza en una pasión inexplicable? Un vecino me avisó que los había visto salir diez minutos antes de mi llegada. No tardé en hallarlos, abrazados y temblorosos, dando la enésima vuelta alrededor del cilindro de cemento de Avellaneda, más oscuro que nunca. Subieron al auto en silencio y fuimos a comer a una pizzería. Allí él me dio sus razones para seguir viviendo. No es justo, afirmó, que por mí se tenga que ir ella. Lo que no es justo, corrigió ella, es que de esta manera se termine nuestro amor. Yo, que hacía horas había roto con el amor de mi vida, me largué a llorar sin consuelo. Él me puso una mano sobre la cabeza y se confesó: “Ya sé, no me digas nada, fui yo el que te hizo de Racing”.
Los años pasaron y el fútbol, excepto si ponía en peligro la vida de mis tíos, no me importaba. Por motivos de trabajo fue en un hotel de Montevideo donde abrí el diario y leí que Racing Club pedía la quiebra y su desaparición era cuestión de horas. Me atendió mi tía. Mi tío yacía en la cama con el carnet de socio entre los dientes. Le quedaba resolver si lo masticaría o lo tragaría entero. No te hagas problema, dijo ella, lo principal es tener fe.
Aquella tarde en Montevideo, después de cumplir mis compromisos, me metí en un bar del centro. El sol arañaba moroso las veredas y yo estaba ahí con la compañía de mi inercia en una ventana sucia, bajo una llovizna de recuerdos. Hacía menos de un mes me había encontrado de casualidad con el amor de mi vida en Plaza de Mayo. Divorciada sin hijos, trabajaba de redactora en una agencia publicitaria. Nos dimos los teléfonos y prometimos comunicarnos.
La noche labró en la ventana sucia un espejo ciego. De regreso al hotel le rogué al chofer que tomara cualquier camino menos uno que rozara el Estadio Centenario. El tipo me observó como presagiándome una enfermedad mental incurable y no abrió la boca en todo el recorrido. Entré a mi habitación y me hundí en la cama. Ya no sabía si era infeliz porque era de Racing o era de Racing porque era infeliz. Y nunca les dije a mis tíos que yo también quise comerme el carnet, pero me dolía tanto el estómago que no me animé. Racing, imagina-ba, me daría otra buena oportunidad para hacerlo.Y ahora vuelvo al 27 de diciembre de 2001, la fecha límite para saldar largos años sin campeonatos.
El armagedón significaba Racing-Vélez, y esta vez, lo reconozco, me había entusiasmado. Llegué temprano de la oficina y para conjurar la angustia que me provocaría escuchar el partido me puse a ordenar discos viejos. Del estante polvoriento el primero que saqué fue el último que me había regalado mi amor perdido. Es de Jimi Hendrix, y se llama Axis: Bold As Love. Audaz como el amor, pero ¿con quién y cómo? El hallazgo y la ansiedad me incitaron a encender la radio. Y no, pero sí. Vélez acababa de empatarnos, y aunque el resultado alcanzaba para ser campeones, restaba un siglo para el final.Llamé. La voz de mi tía lo decía todo. Mi tío, derruido en un sillón, al mismo tiempo que escuchaba el partido con el walkman miraba con los ojos en blanco y negro una y otra vez el gol de Cárdenas. Decidimos no cortar hasta que terminara y un suplicio silencioso nos invadió antes del estallido. Ella se desvaneció en un llanto y mi tío tomó su lugar en la línea. Afónico, apenas atinó a decirme que me esperaba a la noche para el asado.Salí al balcón. Desde distintos puntos de la ciudad agobiada nacían las explosiones de la celebración. De pronto la bengala se sostuvo de las hebras sueltas del aire a cincuenta metros de mi balcón. Brillaba para mí solo, audaz como el amor tras viajar por vastas latitudes de melancolía inútil.Iría, desde ya, a festejar con mis tíos. Pero antes debía hacer algo muy importante: buscar en la agenda el teléfono de ese amor por el momento irrecuperable.

Fotos: Martín Felipe

Thursday, February 28, 2002

Siempre que lovió, ¿paró?

Editorial

Si el futuro desaparece, olvidémonos de la alegría. De los proyectos. De la vida que merece tal nombre. Y ese futuro –para qué mentir– aparece hoy tornasolado por oscuridades y tristezas. Vivimos en un país gelatinoso, sin reglas (¿o, perdón, la estafa será acaso una regla?) y con ninguna certeza a la que asirse. En medio de tanta tempestad, el hacer y el construir se tambalean desesperadamente. Por eso, y por primera vez en estos 32 meses que lleva Latido en la calle, vamos a hablarles de dinero. Seríamos poco creativos si les dijéramos que nuestros ingresos han caído. Pero, igualmente, necesitamos hacerlo para mantener la transparencia que nos une a ustedes.
Sumado a esto las revistas soportamos, hace ya unos meses, que nos gravaran con el IVA (gracias, Cavallo), y esto implicó que nuestras alcancías se debilitaran un 10 por ciento. Ahora el precio del papel –viene de afuera– y de los insumos importados (tintas, pruebas de imprenta) aumentó el 40 por ciento. Cifras poco eróticas para el tono de esta revista, pero necesarias de conocer. Nosotros, es obvio, no deseamos trasladar un centavo al precio de tapa porque cada lector carga sus propios malestares y bolsillos enflaquecidos. Por eso, para intentar un equilibrio, este ejemplar tiene ocho páginas menos y un papel algo más liviano del que solíamos utilizar. Ojalá nos comprendan: nos hubiera gustado evitar el cambio pero no podemos. Es esto, o la nada.
Antes de saber que la Argentina colapsaba, ya habíamos empezado a pensar el número que hoy tienen en sus manos. No habla de crisis sino de recuerdos, de “saudades”, de buscar lo nuevo en las raíces de lo vivido, de lo que hemos sido. Es un ejemplar atípico de Latido: le pedimos a la gente que eligiera una foto de su álbum y nos contara por qué es su imagen preferida, la que revaloriza su costado más humano y familiar. No hay notas en un sentido tradicional. Sólo testimonios. Este tipo de búsquedas logra recordarnos que aquí hubo buena y mucha madera. Contundente, poco volátil, sin la ahora usual cualidad de evaporarse fácilmente. Con esa certeza vale intentar lo difícil: recolocar el horizonte en la agenda de nuestras vidas. Saber que sigue allá, algo lejos quizá, pero visible y real.

Wednesday, February 27, 2002

Marcha en blanco y negro

María González 53 años, empleada doméstica

Hace quince años que conservo esta foto. Ha sufrido el descuido de exhibiciones y mudanzas varias. Año 1986, frío y fuego. Cansancio y fervor. Desafío. El sindicato azucarero reclama ante la patronal del ingenio Ledesma mejoras salariales para los zafreros.
Las tratativas no avanzan y es entonces cuando las mujeres deciden bloquear una de las entradas a la fábrica. Acuclilladas unas y otras moviéndose inquietas. La policía se acerca amenazante y desata la represión. Gases, balas, golpes, corridas y mucha bronca. Los trabajadores del azúcar, con los zafreros al frente, marchan a pie desde Libertador General San Martín, en la zona del Ramal, hasta San Salvador de Jujuy. Fogatas en el camino, paradas en los pueblos por los que pasa la marcha. Piden solidaridad. Piden respeto.
Pelean por un derecho que les es negado. Recuerdo que muchos llegaron descalzos, con los pies llagados. Ni la más fuerte ushuta con suela de neumático logró llegar entera hasta el final. Recorrimos todo San Salvador. Digo recorrimos porque en mis brazos iba Nora, mi hija de poquitos meses a la que yo abrazaba con orgullo. Todo este largo camino fui cuidada y protegida como pocas veces en mi vida. Paramos en el Club Cuyaya, en el que nos alojamos con la ayuda del Perro Santillán. Los zafreros recorrieron ministerios, esperaron y esperaron. Finalmente, envueltos en palabrerío leguleyo y falsas promesas, regresaron a los lotes, rezando para que tanto esfuerzo no hubiese sido en vano.
Esta foto es para mí el símbolo del sacrificio personal y de la esperanza que tienen los trabajadores de que lo que es justo sea respetado. Es, además, el recuerdo en blanco y negro de una lucha que pude compartir.

Tuesday, February 26, 2002

El llamado del rock

Daniel Melero Músico

Soy un petardista de la primera hora. Vengo de una época en la que el rock destilaba furor: se vivía como una forma de arte y el arte siempre resulta incómodo e inadecuado; parece no estar de acuerdo con los tiempos y los contextos. Encuentro cierto placer en quebrar los esquemas preestablecidos: eso me permite seguir creando, y al mismo tiempo es el motivo por el cual la gente me escucha, a pesar de no haber tenido ningún éxito comercial en más de 20 años de carrera.
Soy, también, un rockero. ¿Qué es eso?, se preguntarán. Algo así como espiar un poco y salir corriendo al hacerlo. La salida más lúdica consiste en tratar de encontrar un modelo propio. Y yo estoy deslumbrado por el rock desde siempre; me fascina la imagen rockera.
Estuve como espectador en todos los BARock –aquellos míticos festivales de música– desde que se hizo el primero en 1970. Fui invitado a tocar con Los Encargados en la edición de 1982. Recuerdo algo que me pareció singularmente curioso: se veían las mismas remeras teñidas con anilina y los mismos pelos largos, a pesar de que habían pasado 12 años de la primera edición. Mucho heavy metal: ese día también tocaba Riff, la banda de Pappo. Yo, que tenía años de tránsito por el rock y entendía a la perfección sus procesos, intuía cómo iba a ser todo, por eso había llevado una balanza. El rechazo a nuestro tecno-pop estaba asegurado y nos hicimos confeccionar especialmente para la ocasión unos mamelucos blancos para que se notaran bien las manchas. Nos tiraron 30 kilos de fruta y verdura, según pesé al final del concierto. Y esto es lo memorable: hoy, 20 años más tarde, nadie se acuerda cuál fue la banda revelación de ese año. Sin embargo el show de Los Encargados, entre tomates, lechugas y alguna que otra naranja, pasó a engordar el libro del rock nacional. Este es el recuerdo, pero no termina acá. A pesar de mi postura no aposté a ser una estrella de rock, ni un ídolo adolescente. Intimamente creo que asumí una trayectoria piazzolesca, e incluso me imagino a los 60 o 65 tratando de deslumbrarme a mí mismo con algún elemento nuevo.
Hoy no sólo hago música, sino que estoy interesado en la interacción entre lo visual y el sonido. Creo, además, que las posibilidades artísticas que brinda Internet son inmensas. Por eso trato de mantenerme muy sensible a su riqueza: es imprescindible entender que una misma idea, una misma actitud, en contextos diferentes no representa lo mismo.

Monday, February 25, 2002

Aprender a jugar

Sandra Mihanovich Cantante

La foto que elegí para remontar algún recuerdo es de febrero del 65. Tenía 7 años.
Estamos con mi hermano Vane, mi prima Marina y la hijita de alguien que no recuerdo bien. Era carnaval y la tradición indicaba que debíamos disfrazarnos.Nuestra abuela Chufa, o Chufita, como le decíamos nosotros (María Elina Lainez, mamá de mi mamá), nos había buscado y/o inventado los atuendos con pericia y dedicación, convirtiendo a los hermanitos Mihanovich en sendos “indios” no sabemos muy bien de dónde. La holandecita es mi prima Marina, toda prolijita y buena.Yo detestaba disfrazarme y en general me costaba mucho jugar a cualquier cosa. Vaya a saber por qué desde chica asocié diversión con “hacer algo” supuestamente productivo. Y jugar era algo que me irritaba. No sabía bien por dónde empezar.
No conocía los códigos del juego, de inventar, de la fantasía... Mi taurina cabeza estaba contenta y sobre todo segura sobre la tierra, sin divagues.Notarán en la foto la palabra “Happy” con una flechita hacia abajo señalándome, escrita por Chufa, que se reía y luchaba contra mi inocultable mal humor. El lugar era La Elina, en San Miguel del Monte, nuestro espacio de todos los veranos, vacaciones de invierno y fines de semana. Era para mí un lugar feliz. Todavía escucho las casuarinas y siento el crujir de las pequeñas pelotitas que caían bajo mis pies yendo a lo de Miguel y Elba a tomar el desayuno tipo siete y media y a subirme a mi petiso padrillo, el Tango, tordillo y cortito como yo.Salíamos con Miguel a recorrer, él era mi ídolo y yo lo “ayudaba” en la manga con las vacas y los terneros. Volvía a mediodía, cuando él iba a almorzar tipo 12 y yo me reintegraba a ese grupo de primos que se divertía de otra manera, dormían hasta tarde, jugaban bajo los árboles, en la pileta, con juguetes... juegos que a mí no me gustaban.

Me llevó muchos años aprender a jugar, y cuando de grande descubrí el placer de jugar a ser otra pude empezar a disfrutar una parte de mi vocación, que hasta ese momento estaba trunca, reprimida, escondida. Pude gozar jugando a ser otra, recién cantando las canciones de María Elena para otros chicos, disfrazada de tortuga aunque no era carnaval, haciendo eso que a los 7 sólo me producía miedo y un enorme mal humor.

Sunday, February 24, 2002

Genealogías

Antonio Birabent Músico

La foto me la sacó Beco. Yo tenía cuatro y estábamos en la plaza de la Biblioteca Nacional. Beco era mi abuelo paterno: Mauricio Birabent se llamaba, igual que mi padre. Vivía con mi abuela, Coca –Carmen Altavilla–, en el quinto piso del 1391 de la calle Rodríguez Peña. Me contaron que él iba seguido al quiosco que está en la esquina de Rodríguez Peña y Las Heras. Al hombre que lo atendía le decía que quería ver si su hijo había salido en alguna revista. Un día el tipo se cansó de sus pedidos sin compra. Beco dejó de ir. No sé si la anécdota será cierta, pero yo la incorporé al catálogo sobre mi abuelo insurrecto y excéntrico. Dicen, incluso, que una vez anduvo con un colchón en la cabeza caminando por el barrio, eso me contaron. Lo que sí vi y recuerdo por mi cuenta es que durante los viajes que hacíamos desde Madrid, algunas noches José y yo nos quedábamos a dormir en el quinto piso del 1391. Eran los últimos años de la década del setenta y para nosotros, dos nenes ajenos a todo, eran visitas cortas y llenas de alegría. Dormíamos en el cuarto de Coca (Beco dormía solo en la habitación de al lado) y nos pasábamos las horas metidos en la cama mirando televisión y comiendo facturas y golosinas. El aparato tenía una rueda plateada para cambiar los canales. Había que levantarse y girarla con un ruido metálico: tactac (del once al trece) o tactactactactac (del dos al siete). Un trámite que lograba que fuéramos fieles a un canal. Coca nos hacía papas fritas con huevos fritos para comer y para cenar: el paraíso. La casa tenía un pasillo larguísimo que siempre estaba semioscuro y que nos gustaba recorrer, y pequeños recovecos que con mi hermano investigábamos en pijama y descalzos. El mejor escondite era su escritorio: un cuartito con una máquina de escribir, sellos de goma, lápices y una caja fuerte empotrada en la pared. Ahí se encerraba Beco a redactar sus cosas. El había sido político, periodista y escritor (publicó, entre otros, un libro que se titula “Chivilcoy, el pueblo de Sarmiento”) y lo conservo en la memoria como un hombre mayor pero juvenil y compacto, varón terrestre y poderoso, de bigote prolijo, pipa apagada y mirada irónica y noble. Un tipo de pocas pulgas pero bueno y honorable. Una especie de Harvey Keitel de setenta años muy bien llevados. Cuando se bañaba lo hacía con un patito amarillo y andaba por la casa en camiseta, tomando mate en un vaso de vidrio y con libros debajo del brazo. Un día se cansó del ruido de la calle y tapió la ventana de su habitación con ladrillos. Yo lo acompañaba al mercado que estaba en Rodríguez Peña y Vicente López. Me llevaba de la mano y me decía Antonito (usaba el diminutivo seguido) mientras llenaba la bolsa de las compras.Iba con saco y bufanda pero a veces se ponía un overol con un tirante que le cruzaba el pecho en diagonal. Entonces parecía el lobo feroz. Le gustaba llevar en los bolsillos un metro y un lápiz de carpintero o alguna herramienta pequeña. Beco era ingeniero agrónomo y siempre había ejercitado las manos. Nos íbamos a dormir temprano. Coca nos abrigaba y bajaba la persiana, y entonces, antes de que apagáramos la luz, Beco aparecía en el marco de la puerta vestido sólo con la camiseta, que estiraba hacia abajo hasta convertirla en calzoncillo (ese chiste nos parecía divertidísimo a José y a mí, y él, que lo sabía, lo repetía como un cómico triunfante y satisfecho) y nos decía: “Hasta mañana, Coquita, hasta mañana, rusitos, yo me voy a mi cuarto a charlar con Shakespeare”.

No hay foto

Edgardo D'Elio Periodista

No hay foto. Apenas una trama de manchas, algunas más, algunas menos grises, y si algo se ve hay que intuirlo entre esos claroscuros. Sé que estás aunque en el papel no hay nada. No se ven tu sonrisa ni esa barbita incipiente ni tus ojos de pibe. Tampoco esa vocecita y el silencio que usabas antes de decir, despacio, lo que podías decir. Lo que nos trae y nos lleva la vida no se fija tanto en el papel fotográfico como en el corazón, parece. O en todo caso trae y se lleva mucho más que una instantánea. A menos que el negativo sea nuestro corazón al rojo vivo y las fotos sean nuestros sueños, algo más tenues, por ejemplo, lilas. Quizás estén tus lágrimas. Yo saqué la foto y puedo imaginar lo que hay y no salió y nunca veremos. De este lado, a salvo de la cámara, como testigo, estaba yo. Y de aquel otro había una lamparita exánime, con poca luz. Pero te vi entonces y te veo ahora, muchos años después, sentado en una silla verde. Nítido, te veo. Hay ese pelo corto revuelto y el recuerdo de esa noche que me ronda como las moscas en verano. Tal vez un baño de químicos, es decir, un pase de magia, pueda rescatar algo de esa foto, y para quienes no ven nada estés allí. Mientras tanto nada puede rescatar mi silencio cuando mis hijos preguntan por vos, por cómo será esa alegría de tener un tío con el que jugar y revolcarse por el mundo con la confianza que da jugar entre niños, de la mano y con la vida abierta por todo destino. Miro a mis hijos y miro el negativo del que, dicen, no podrá haber una foto. Cómo será, me pregunto, esa alegría de tener un hermano con el que puedas pelearte a muerte para salir a salvo, nunca indemne, nunca herido, con la confianza que da tener un hermano, de la mano y con la vida abierta por todo destino.